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Señales de altas capacidades en niños de 6 a 11 años: lo que vale la pena observar

Una de las preguntas que más frecuentemente llega a la consulta y a nuestro WhatsApp es alguna variaciones de esta: "Mi hijo sabe cosas que yo no le enseñado, hace preguntas que no sabemos cómo responder, se aburre en clases y en casa no para. "¿Tiene altas capacidades?" La respuesta honesta es: tal vez, pero no lo sabemos solo con eso.


Las señales que presentamos aquí no son criterios diagnósticos —eso requiere una evaluación clínica—, pero son indicadores que vale la pena tomar en serio. Son también una invitación a mirar con más matices: las altas capacidades no tienen una sola cara, y muchos niños con altas capacidades no se parecen en nada al estereotipo del niño brillante, autodisciplinado y exitoso en todo.



No es la curiosidad que se calma con una respuesta. Es la que genera cinco preguntas más a partir de una. Un niño de 7 años que quiere saber por qué el cielo es azul y luego pregunta cómo funciona la luz, cómo ven los animales, si el universo tiene límite y si Dios existe, todo en la misma tarde, está mostrando algo que va más allá de la curiosidad normal del desarrollo. Esta curiosidad puede ser agotadora para los adultos, puede parecer falta de atención o tendencia a divagar. Pero es uno de los indicadores más consistentes que la investigación asocia con altas capacidades: la necesidad profunda y sostenida de comprender cómo funcionan las cosas.



Aprenden conceptos nuevos con menos repetición que sus pares, generalizan rápidamente y establecen conexiones entre áreas que para otros parecen separadas. Un niño que aprendió a leer sin que nadie se lo enseñara explícitamente, o que resuelve operaciones matemáticas de manera no convencional, está mostrando una configuración cognitiva particular. Importante: esto no siempre se traduce en buenas notas. Un niño que aprende rápido puede aburrirse y desconectarse del ritmo de la clase, lo que se lee erróneamente como desmotivación, falta de esfuerzo o incluso dificultad de aprendizaje.



Muchos niños con altas capacidades sienten todo con más intensidad: las emociones propias, la injusticia, el dolor ajeno, los sonidos, las texturas, la luz. Lloran con películas que a otros les parecen neutrales, se angustian profundamente por noticias que escucharon de paso, se desregulan en ambientes con mucho ruido. Esta intensidad no es un problema de crianza ni un síntoma de otro trastorno (aunque puede coexistir). Es una característica del perfil que Dąbrowski describió como sobreexcitabilidades: una mayor reactividad del sistema nervioso que puede ser fuente de riqueza y también de sufrimiento, dependiendo del entorno.



Usan palabras que otros niños de su edad no usan, y las usan bien. Preguntan por conceptos abstractos —la muerte, la justicia, el infinito, el significado— a edades en que otros niños aún están en un pensamiento muy concreto. Este pensamiento abstracto temprano suele ir acompañado de un sentido de la justicia muy desarrollado y, a veces, de una cierta rigidez moral: la capacidad de ver inconsistencias en las reglas de los adultos y la dificultad de aceptarlas sin una explicación lógica.



Quizás la señal más desconcertante para las familias es la asincronía. Un niño que habla sobre el Big Bang pero tiene una rabieta propia de un niño tres años menor. Que puede leer libros de adultos pero no tolera perder en un juego de mesa. Que razona con sofisticación pero no puede organizar su mochila. Esta brecha entre el desarrollo cognitivo y el emocional-regulatorio es característica, no excepcional. El cerebro de estos niños no se desarrolla de manera pareja: avanza más rápido en algunas dimensiones y a ritmo cronológico en otras. Exigir que sea tan maduro como inteligente es una fuente importante de frustración para todos.



Algunos niños con altas capacidades no llegan a la consulta por sus logros, sino por sus dificultades. El colegio refiere porque "no sigue instrucciones", "cuestiona todo", "se frustra cuando comete errores" o "no encaja con sus compañeros". En niñas, esto es especialmente frecuente: aprenden que destacar intelectualmente tiene un costo social, y desarrollan estrategias de ocultamiento —el masking— que pueden hacer invisible su capacidad durante años. Cuando el problema aparece en la adolescencia, suele presentarse como ansiedad, perfeccionismo paralizante o una crisis de identidad que parece no tener explicación.


También existe la doble excepcionalidad: niños que tienen altas capacidades y al mismo tiempo TDAH, TEA, dislexia u otra condición. En estos casos, una puede enmascarar a la otra, y ambas requieren ser identificadas para que el acompañamiento sea efectivo. Lo desarrollamos en profundidad en el siguiente artículo.


Si varias de estas señales resuenan con lo que observas en tu hijo o hija, vale la pena buscar una evaluación con un profesional que conozca este perfil. No para etiquetarlo, sino para entenderlo mejor —y desde ahí, acompañarlo con más herramientas.




Silverman, L. K. (2002). Upside-down brilliance: The visual-spatial learner. Denver: DeLeon Publishing.


Neihart, M., Pfeiffer, S. I., & Cross, T. L. (Eds.) (2016). The social and emotional development of gifted children. Waco, TX: Prufrock Press.


Winner, E. (1996). Gifted children: Myths and realities. New York: Basic Books.


Webb, J. T. et al. (2016). Misdiagnosis and dual diagnoses of gifted children and adults. Tucson, AZ: Great Potential Press.


Sastre-Riba, S. (2008). Niños con altas capacidades y su funcionamiento cognitivo diferencial. Revista de Neurología, 46(Supl. 1), S11–S16.

 
 
 

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